Diario de un loco

Lu Xun

 


En la época de la escuela conocí y me hice amigo de dos hermanos, cuyos nombres aquí omito. Durante años dejamos de vernos y de a poco les perdí el rastro. Días atrás, de casualidad supe que uno de ellos había contraído una enfermedad, y aprovechando un regreso a mi aldea natal hice un desvío para visitarlo. Encontré sólo al mayor, que me dijo que era su hermano el enfermo. «Aprecio la molestia que se ha tomado al venir de tan lejos, pero mi hermano se ha curado hace tiempo», me dijo. Ahora estaba en no sé qué lugar a la espera de un puesto oficial. Nos reímos y me mostró dos cuadernos donde llevaba sus diarios; en ellos podía verse, dijo, lo que había sido su enfermedad. No era mala idea, agregó, que quedaran en manos de un viejo amigo. A la vuelta los leí y descubrí que el enfermo sufría de manía persecutoria. Las palabras se mezclaban sin ton ni son y había muchas frases absurdas. La temporalidad era confusa, pero por las variaciones en el color de la tinta y la caligrafía podía verse que no había sido escrito todo en un mismo momento. Entre medio hay algunas partes más coherentes, de las cuales aquí hoy recojo una selección, que sirva para la investigación médica. He dejado tal cual los errores que encontré. Apenas he cambiado los nombres de las personas, a pesar de que se trata de simples aldeanos, sin conexión con el mundo. Dejo como título el mismo que esta persona le puso luego de curarse.
Segundo día del cuarto mes del séptimo año

1

Esta noche hay una hermosa luna.
Hacía más de treinta años que no la veía. Al verla hoy sentí una energía fuera de lo normal y me di cuenta de que todos estos años he estado como dormido. Sin embargo, debo tener cuidado. ¿Por qué, si no, el perro de la familia Zhao me ha mirado dos veces?
Temo que haya un motivo.

2

Esta noche no hay luna. No es buen signo, lo sé. Al salir de casa esta mañana, con mucho cuidado, vi que la expresión del notable Zhao se transfiguraba, como si me tuviera miedo, o como si quisiera hacerme daño. Había otras siete u ocho personas hablando de mí. Se murmuraban al oído, temiendo ser descubiertos. A todos lados donde iba, lo mismo. El de aspecto más siniestro abrió la boca y me sonrió. Un escalofrío me atravesó el cuerpo de la cabeza a los pies, pues me di cuenta de que ya se han puesto todos de acuerdo, que ya están listos.
Tuve coraje, sin embargo, y seguí caminando. Delante había un grupito de niños hablando de mí. Su expresión era igual a la del notable Zhao, el rostro lívido. Pensé, ¿qué pueden tener contra mí unos niños? No pude contenerme y grité, «¡Díganme!». Ellos salieron corriendo.
¿Qué puede tener contra mí el notable Zhao o esas personas en la calle?, pensé. Lo único que se me ocurre es que hace veinte años les di una patada a unos Cuadernos del Pasado del señor Antigüedad, y este no estuvo nada contento. Aunque no se conozcan, seguro al notable Zhao le llegó el rumor y se indignó al enterarse. Debe haber hablado con esas personas para ponerlas en contra mío. ¿Pero y los niños? En esa época ellos ni habían nacido, ¿qué motivo pueden tener para mirarme con esa expresión tan extraña, como si quisieran hacerme un daño? Me aterra, me asombra, me entristece.
Ahora lo comprendo. ¡Son sus padres quienes les han enseñado!

3

Llega la noche y no puedo dormir. Para entender cualquier hecho primero es necesario investigar.
Entre ellos hay quien ha sido encadenado alguna vez por el magistrado del distrito, quien ha sido abofeteado por un caballero, o aquel a quien un pequeño funcionario le robó la mujer, o cuyos padres murieron prematuramente a causa de una deuda. Pero ni en esos momentos sus caras tenían una expresión tan feroz como ayer.
Lo más sorprendente es esa mujer que golpeaba a su hijo en la calle mientras decía: «¡No estaré satisfecha hasta que pueda darte un mordisco!». Pero sus ojos estaban fijos en mí. No pude disimular la sorpresa, y esos hombres de rostro cetrino y colmillos afilados se rieron a carcajadas. Chen se adelantó y me llevó de vuelta a casa. Todos en casa hacían como si no me conocieran, me miraban igual que los demás. Una vez que estuve adentro del estudio puso la traba de afuera, como se encierra a un pollo o a un pato. He quedado aún más confundido luego de este episodio.
Hace unos días un arrendatario de la aldea de Lobos vino a informar que la cosecha había sido un desastre. Le contó a mi hermano que en la aldea habían matado a golpes a un bandido; luego unos le sacaron el corazón y las vísceras, lo frieron en aceite y se lo comieron. Sirve para aumentar el coraje, dijeron. Hice un comentario y los dos me miraron de reojo varias veces. Recién ahí me di cuenta de que sus miradas eran iguales a la de esos hombres de afuera.
Al recordarlo, ahora, un escalofrío me atraviesa el cuerpo.
Si pueden comer personas, ¿por qué no habrían de comerme a mí?
No hay más que ver las palabras de esa mujer —«darte un mordisco»—, y la risa de esos hombres de rostro cetrino y colmillos afilados, y las palabras del arrendatario hace unos días: es evidente, se trata de un código secreto. Puedo ver que en sus palabras todo es veneno, en sus sonrisas todo es cuchillos. Sus dientes se alinean parejos, blanquísimos, son dientes de caníbal.
Aunque no soy un bandido, pienso que desde que pateé los libros del señor Antigüedad, podría estar en la mira. Parecen tener algo en mente, pero no logro adivinar qué. Más aún cuando en cualquier momento pueden darse vuelta y decir que uno es un bandido. Me acuerdo cuando mi hermano me enseñaba a componer ensayos. Cada vez que criticaba a una persona decente, me subrayaba la frase de manera aprobatoria; cuando excusaba a un réprobo, me decía: «¡Una pluma fuera de lo común, capaz de cualquier cosa!». No tengo idea de qué es lo que tienen en mente, de qué son capaces cuando se trata de comer.
Para entender cualquier hecho primero es necesario investigar. En la antigüedad el canibalismo era algo frecuente. Recordaba haber leído esto en algún lado. Me puse a hojear un libro de historia. Este libro no tenía fechas, pero en cada página aparecían borroneadas las mismas palabras: «Humanidad, justicia, virtud». Como no podía dormirme, seguí leyendo durante casi toda una noche, hasta que al fin pude descifrar entre líneas. Por todos lados había sólo dos palabras: «Comer personas».
Todas estas palabras, palabras de los libros, palabras del arrendatario, es como si apuntaran hacia mí, sonriendo y mirándome con esos ojos raros.
Yo también soy una persona. ¡Quieren comerme!

4

A la mañana estuve un rato sentado en silencio. Chen trajo el desayuno, un plato de verduras y un plato de pescado al vapor. Los ojos del pescado, blancos y duros, la boca abierta, hacían pensar en el rostro de esos caníbales. Comí un poco, pero su consistencia resbalosa me hizo sospechar que se trataba de carne humana, y vomité. Dije:
—Chen, dile a mi hermano mayor que me aburro aquí adentro, tengo ganas de caminar por el jardín.
Chen se fue sin responder. Después de un instante, volvió sobre sus pasos y abrió la puerta.
No me moví. Me quedé estudiando qué pensaban hacer conmigo. Sabía que no estaban dispuestos a soltarme. ¡En efecto! Mi hermano vino con un anciano. Se acercó despacio, con la cabeza gacha para que no viera el brillo feroz en sus ojos, mirándome disimulado por el rabillo de los anteojos. Mi hermano dijo:
—Hoy pareces mejor.
—Sí —respondí—. He invitado al señor He para que te examine.
—Por supuesto —respondí.
¡Como si yo no supiera que este viejo era en realidad el verdugo! Con la excusa de tomarme el pulso, me palpó a ver si estaba gordito, a él le tocaría su tajada por este trabajo. No tengo miedo, pues aunque no coma carne humana, soy mucho más valiente que ellos. Tendí los dos puños para ver qué hacía. El viejo se sentó, cerró los ojos, palpó un buen rato, se quedó absorto otro rato. Luego, abriendo sus ojos de demonio, dijo:
—Evita los pensamientos raros. Reposa unos días y estarás bien.
¡Evitar los pensamientos raros! ¡Reposar! Es decir, ¡engordar! Por supuesto, para que puedan comer más. ¿A mí en qué podría beneficiarme? ¿Acaso voy a «estar bien»? Estas personas quieren comer a otras personas, pero son muy hipócritas, buscan la manera de disimularlo, no se atreven a actuar abiertamente. Es para morirse de risa. No aguanté más, y empecé a reírme a grandes carcajadas, violentamente. Me di cuenta que mi risa estaba llena de coraje e integridad. Mi hermano y el viejo se pusieron pálidos, como aplastados por mi coraje.
Pero cuanto más coraje muestro, más ganas de comerme tienen, para absorber así parte de ese coraje. El viejo cruzó el umbral, y no había ido muy lejos cuando le murmuró a mi hermano: «Hay que apurarse a comer». Mi hermano asintió con la cabeza. ¡Tú también! Esto es impensable, pero de alguna manera lo esperaba, era mi hermano el que había juntado a la gente para comerme.
¡Mi hermano es un caníbal! ¡Soy el hermano de un caníbal!
¡Aunque termine comido por otros, seguiré siendo el hermano de un caníbal!

5

Estos días he mirado las cosas en perspectiva y he pensado, suponiendo que ese anciano no es el verdugo, suponiendo que realmente es un médico, aun así es un caníbal. En el no sé qué de las hierbas que escribió Li Shichen, patrono de los médicos, se dice claramente que la carne humana puede freírse y comerse. ¿Acaso puede negarlo?
En cuanto a mi hermano sin duda no es inocente. En la época en que me daba clases él mismo me enseñó que era posible, según los clásicos, «intercambiarse los hijos para comer». También, otra vez, casualmente empezamos a discutir sobre alguien reprobable, él dijo que no sólo había que matarlo sino también «comerse su carne y acostarse sobre su piel». Entonces yo aún era pequeño, el corazón me latió frenéticamente durante horas. El otro día, cuando el arrendatario de la aldea de Lobos habló de «comer el corazón y el hígado», él no pareció sorprenderse. Asintió automáticamente. Esto evidencia que sus pensamientos no han cambiado. Puesto que pueden «intercambiar los hijos por comida», pueden intercambiar cualquier cosa, comer cualquier cosa. Antes yo lo escuchaba perorar sin prestarle mucha atención. Ahora me doy cuenta de que mientras hablaba tenía restos de grasa humana en los labios y que su corazón estaba atiborrado de deseos de comerse a otros.

6

Oscuro, oscuro. No sé si es día o noche. El perro de los Zhao se ha puesto a ladrar otra vez.
La ferocidad de un león, la cobardía de un conejo, la astucia de un zorro.

7

Entiendo cuál es su forma de proceder: no quieren ni se atreven a matar abiertamente, pues temen la venganza de los fantasmas. Así que se van confabulando, van tendiendo redes por todas partes, para obligarme a que me mate. Basta con ver el aspecto de esos hombres y mujeres en la calle, hace unos días, y la conducta de mi hermano recientemente, para entender todo. Lo mejor para ellos sería que me colgara de una viga con mi propio cinturón. Así, no podría acusárselos de asesinos, y ala vez cumplirían su deseo. Puedo imaginármelos ya, tan felices que apenas son capaces de ahogar la risa. Su otra opción es matarme de miedo o de pena; aunque así quizás estaré más delgado, les alcanzará para algunos mordiscos.
¡Sólo pueden comer carroña! Me acuerdo de un libro que hablaba de una creatura, la hiena, de mirada y aspecto espantoso. Decía que las hienas suelen comer carroña, incluso huesos enormes, los trituran con sus dientes y luego se los mandan al estómago. Sólo pensarlo da miedo. La hiena es pariente del lobo, y el lobo es de la misma familia que el perro. Antes de ayer el perro de los Zhao me miró un par de veces, es evidente que él también está en la conspiración, se ha unido hace rato. El viejo miraba el piso, pero era en vano que disimulara.
El que más pena me da es mi hermano. Él también es una persona, ¿cómo puede ser que no tenga miedo y confabule con los otros para comerme? ¿Quiere decir que se ha acostumbrado y no le parece mal? ¿O acaso ha perdido la conciencia y comete el crimen a sabiendas de que es un crimen?
Maldigo a los hombres que comen a otros hombres, empezando por él. Es necesario convertirlos, empezando también por él.

8

De hecho, deberían haberlo entendido hace rato.
De repente vino alguien. No tendría más de veinte años, rasgos borrosos, una sonrisa de oreja a oreja, movía la cabeza asintiendo hacía mí, pero su sonrisa parecía falsa. Le pregunté entonces:
—¿Está bien comer personas?
Sin dejar de sonreír, dijo:
—A menos que se trate de un año de hambruna, eso no es posible.
En el acto me di cuenta, él también es de los suyos, de los que comen personas. Sentí que mi coraje se multiplicaba e insistí:
—¿Pero está bien?
—¿Qué sentido tienen estas preguntas? Déjate de bromas. Hoy hace un tiempo excelente.
El tiempo era bueno, la luna espléndida. Pero yo insistí con mi pregunta.
No estaba de acuerdo. Respondió confusamente:
—No…
—¿No? ¿Y entonces por qué lo hacen?
—¿Quién lo hace? No es verdad…
—En la aldea de Lobos comen. ¡Y en los libros está escrito! ¡En letra roja, fresca!
Se le transfiguró la expresión, se puso lívido de golpe. Dijo, abriendo bien los ojos:
—Tal vez haya gente. Siempre ha sido así…
—¿Y que siempre haya sido así significa que está bien?
—No deseo discutir este tema contigo. Deberías cerrar la boca, no haces bien al hablar de estas cosas.
Me puse de pie de un salto, abrí los ojos, la persona había desaparecido. Yo estaba todo transpirado. Era mucho más joven que mi hermano, y sin embargo formaba parte de la conspiración. Sin duda son sus padres quienes le enseñaron. A su vez él le habrá enseñado a su hijo. Así es cómo también los niños pequeños me miran feroces.

9

Todos desean comer a otros, pero también tienen miedo de ser comidos, por eso se observan con profundo recelo.
Deshacerse de este pensamiento y así vivir, caminar, comer, dormir tranquilos, ¡qué alivio sería! No es más que un paso. Pero ellos, padres, hijos, esposos, esposas, amigos, maestros, alumnos, enemigos, completos desconocidos, se han coligado, y se exhortan y se controlan mutuamente, y prefieren morir antes que dar el paso.

10

Temprano a la mañana fui en busca de mi hermano. Estaba de pie delante de la puerta de la sala mirando el cielo. Me puse detrás, bloqueando la puerta, y con un tono más calmo y amable de lo habitual le dije:
—Hermano, necesito decirte algo.
—Habla —giró la cabeza rápido hacia mí, asintiendo.
—Son pocas palabras, pero no logro que salgan de mi boca. Hermano, tal vez en el principio ocasionalmente los hombres primitivos comían a otros hombres. Más tarde, hubo algunos que dejaron de hacerlo, porque su pensamiento había cambiado. El momento en que cambiaron su paladar fue también el momento en que se convirtieron en hombres, verdaderos hombres. Algunos, sin embargo, siguieron comiendo. Es lo mismo que con los insectos, algunos se convirtieron en pájaros, peces, monos, así hasta convertirse en hombres. Otros no deseaban mejorarse y son insectos hasta el día de hoy. ¡Comparados con los que no comen carne humana, qué despreciables son estos hombres que sí lo hacen! Mucho más que los insectos comparados con los monos.
»Yi Ya cocinó a su propio hijo y se lo dio a comer a Jie y a Zhou, esta es una historia antigua. Lo que nadie sabe es que desde la época en que Ban’gu abrió el cielo y la tierra, hasta llegar al hijo de Yi Ya, la costumbre de comer carne humana se mantuvo sin interrupción; y desde el hijo de Yi Ya, sin interrupción hasta Xu Xilin[4]. Y luego, desde Xu Xilin hasta la persona que atraparon en Lobos. Y también el año pasado, cuando ejecutaron a un criminal en la ciudad, un enfermo de tuberculosis remojó un pan en su sangre y lo lamió.
»Si ellos quieren comerme, tú eres uno solo y no puedes hacer nada. ¿Pero qué necesidad tienes de unirte a ellos? Los hombres
Ban’gu es un figura central de la mitología china ligada al origen del mundo. Xu Xilin es un militante del movimiento anti-manchú; fue ejecutado en 1907 acusado de conspirar contra la dinastía. Yi Ya es un personaje histórico de la época del siglo VII a. C., cocinero y funcionario del duque de Qi. El personaje hace referencia a un episodio relatado en el Guanzí, que cuenta que el duque de Qi le habría dicho a su cocinero que lo único que no había probado en su vida era carne humana.
Que comen a otros hombres son capaces de cualquier cosa; pueden comerme a mí, pero también pueden comerte a ti, pueden comerse entre ellos. Pero basta con dar el paso, basta con cambiar, y en seguida conviviríamos en paz. Aunque siempre haya sido así, hoy podemos ser diferentes, podemos ser mejores. ¡Di que no es posible! Hermano, sé que eres capaz, hace dos días el arrendatario quería bajar el alquiler y dijiste esas palabras: no es posible».
Al principio mantuvo su sonrisa irónica. Luego, en seguida, los ojos fueron adquiriendo una expresión feroz, y al llegar al momento en que develaba la conspiración se puso pálido. Frente a la puerta de calle había un grupo de personas. El notable Zhao y su perro estaban entre ellos. Estirando la cabeza, en actitud fisgona, se fueron metiendo. De algunos no se podía ver el rostro, como si lo tuvieran oculto con una tela. Otros, como siempre, tenían el rostro cetrino y los colmillos salientes, y sonreían con una mueca. Me di cuenta de que eran todos del mismo grupo, todos caníbales. Pero también me di cuenta de que sus pensamientos diferían: unos pensaban que siempre había sido así, que estaba bien hacerlo; otros sabían que estaba mal, y aun así querían hacerlo, aunque temían ser descubiertos. Mientras me escuchaban se iban poniendo cada vez más furiosos, a pesar de su mueca irónica.
Entonces mi hermano, adoptando de golpe una expresión feroz, exclamó:
—¡Salgan todos! ¿Nunca han visto a un loco?
Entendí ahí una de sus astucias. No sólo no tenían intenciones de cambiar, sino que tenían planeado hacerme pasar por loco. En el futuro, cuando me comieran, no sólo no tendrían ningún problema sino que incluso no faltaría quien les agradeciera. El arrendatario había dicho que habían comido entre todos a un bandido, era el mismo proceder. La misma treta de siempre.
También Chen se acercó furioso. Pero no podían cerrarme la boca, tenía que hablar con esas personas:
—¡Ustedes pueden cambiar! ¡Cambiar de verdad! Tienen que saber que en el futuro no hay lugar en el mundo para los caníbales. Si no se reforman, se terminarán comiendo entre sí. ¡Aún si engendran muchos hijos, serán eliminados por los hombres verdaderos, de la misma forma que el cazador mata a un lobo! ¡De la misma forma que a un insecto!
Chen hizo salir a la gente. Mi hermano no sé a dónde se había ido. Chen trató de hacerme entrar en mi cuarto. Estaba oscuro adentro. Las vigas y travesaños temblaban sobre mi cabeza. Temblaron un rato, luego comenzaron a agrandarse y a apilarse sobre mi cuerpo. Pesadas, pesadas, no tenía posibilidad de moverme. Su intención era clara, querían matarme. Me di cuenta de que su peso era falso y comencé a forcejear, transpiré enormemente. Pero aun así necesitaba seguir:
—¡Cambien ahora! ¡Cambien de verdad! ¡Deben saber que en el futuro no hay lugar para los hombres que comen a otros hombres…!

11

El sol no sale, la puerta permanece cerrada, dos comidas por día.
Agarro los palillos y pienso en mi hermano. Me doy cuenta de que es él el responsable de la muerte de nuestra hermana menor. Mi hermana tenía apenas cinco años, se veía adorable e indefensa. Me parece estar viéndola. Mi madre lloraba sin parar, pero él le decía que no llorara. Lo perturbaba el llanto, sin duda, porque él mismo la había comido. Si es que todavía era capaz de sentir remordimientos…
Mi hermano se comió a mi hermana. Si mi madre supo esto o no, no tengo manera de saberlo.
Pienso que debía saber. No dijo nada, a pesar de su llanto, pues seguro creía que estaba bien. Recuerdo que cuando tenía cuatro o cinco años estaba tomando el fresco frente a la sala, y mi hermano dijo que cuando los padres enfermaban el deber de un buen hijo era cortarse un trozo de carne, hervirlo y dárselo de comer. Mi madre no dijo que estuviera mal. El que puede comer un trozo puede comer una persona entera. Pero la forma de llorar aquel día, cuando la recuerdo ahora, realmente me da pena. ¡Qué cosa tan extraña!

12

No puedo pensar más.
Un lugar en donde, a lo largo de cuatro mil años, sin interrupción, se ha comido carne humana. Recién hoy caigo en la cuenta, yo también he vivido aquí todos estos años. Mi hermano se encargaba de la casa en el momento en que mi hermana murió. ¿Qué impide que haya mezclado su carne con la comida, y que nos haya dado de comer a escondidas?
Quién sabe si, sin darme cuenta, no comí un trozo de carne de mi hermana, y ahora es mi turno…
Tengo detrás de mí una historia de cuatro mil años de canibalismo… Ahora que finalmente lo comprendo, ¿Cómo puedo mirar a la cara a un verdadero ser humano?

13

¿Tal vez quedan niños que no hayan probado carne humana? ¡Salven a los niños!

Marzo de 1919
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